Comentábamos semanas atrás en este mismo espacio, que son muchos miles de familias en paro, generalmente jóvenes, las que se ven obligadas a acudir a la pensión de los abuelos para salir adelante. Eso es posible cuando hay abuelos, y cuando la modesta pensión da lo suficiente para sobrevivir todos, aunque sea palpando muy de cerca los límites de la miseria. Sin embargo, aunque esta precaria situación pueda parecer límite, no es así; pues el extremo de la realidad socioeconómica para centenares de miles de conciudadanos queda todavía mucho más hacia la orilla. Me refiero a esas 85.000 personas en nuestro país que durante el pasado año, según informa Cáritas, pasaron por sus comedores para cubrir la primera y la más elemental de las necesidades a las que el hombre tiene derecho: el de alimentarse.


    Cáritas es una institución de la Iglesia Católica integrada por miles de voluntarios en todo el mundo, cuya función no es otra que la de buscar, conseguir y administrar recursos, con los que paliar en lo posible esas deficiencias que siempre se dan, a veces de manera más acentuada, en la sociedad por motivos diferentes, que suelen producirse como consecuencia de la lucha sin cuartel, tan antigua como el hombre, entre el poderoso y el débil, entre el culto y el ignorante, entre el desaprensivo y el hombre de bien, con el consabido resultado de la derrota a perpetuidad de la parte más vulnerable; un juego muy complejo que, con sus generalidades y sus excepciones, nos llevaría muy lejos.


    ¿A quien correspondería poner remedio a esta tremenda realidad? Lógicamente a los que ostentan el poder y tienen en sus manos las riendas de la economía: políticos, grandes empresarios, próceres de las finanzas… Siempre, personas honorables, eso sí; pero a las que en ningún caso afectan los graves problemas que está padeciendo una buena parte de la sociedad en todo el mundo.


      Los pobres de solemnidad, ahora más que nunca en rigor y en número, no entienden de polémicas ni de debates con los que se sacuden el polvo de la responsabilidad las altas esferas. Saben muy bien que hay que comer y que hay que vestir, que hay que pagar el recibo de la luz, el alquiler, cuando no la hipoteca de la casa, sin otro medio posible que el de acudir a las pocas puertas que se les abren. Ahí está Cáritas, la primera y yo diría que la única de ellas, sin otras ayudas que no sean el exquisito sentido de la caridad por parte de muchos ciudadanos de a pie a través de las parroquias, y de lo que pueda aportar la Iglesia como institución, que no podrá ser mucho, pues, como es sabido, se sostiene básicamente de sus servicios y de la aportación de sus fieles y benefactores, cuando lo que tiene frente a sí es un panorama sombrío de necesidades apremiantes y difíciles de resolver, a las que jamás vuelve la espalda.