Cáritas

Mayo 04, 2012


  Comentábamos semanas atrás en este mismo espacio, que son muchos miles de familias en paro, generalmente jóvenes, las que se ven obligadas a acudir a la pensión de los abuelos para salir adelante. Eso es posible cuando hay abuelos, y cuando la modesta pensión da lo suficiente para sobrevivir todos, aunque sea palpando muy de cerca los límites de la miseria. Sin embargo, aunque esta precaria situación pueda parecer límite, no es así; pues el extremo de la realidad socioeconómica para centenares de miles de conciudadanos queda todavía mucho más hacia la orilla. Me refiero a esas 85.000 personas en nuestro país que durante el pasado año, según informa Cáritas, pasaron por sus comedores para cubrir la primera y la más elemental de las necesidades a las que el hombre tiene derecho: el de alimentarse.


    Cáritas es una institución de la Iglesia Católica integrada por miles de voluntarios en todo el mundo, cuya función no es otra que la de buscar, conseguir y administrar recursos, con los que paliar en lo posible esas deficiencias que siempre se dan, a veces de manera más acentuada, en la sociedad por motivos diferentes, que suelen producirse como consecuencia de la lucha sin cuartel, tan antigua como el hombre, entre el poderoso y el débil, entre el culto y el ignorante, entre el desaprensivo y el hombre de bien, con el consabido resultado de la derrota a perpetuidad de la parte más vulnerable; un juego muy complejo que, con sus generalidades y sus excepciones, nos llevaría muy lejos.


    ¿A quien correspondería poner remedio a esta tremenda realidad? Lógicamente a los que ostentan el poder y tienen en sus manos las riendas de la economía: políticos, grandes empresarios, próceres de las finanzas… Siempre, personas honorables, eso sí; pero a las que en ningún caso afectan los graves problemas que está padeciendo una buena parte de la sociedad en todo el mundo.


      Los pobres de solemnidad, ahora más que nunca en rigor y en número, no entienden de polémicas ni de debates con los que se sacuden el polvo de la responsabilidad las altas esferas. Saben muy bien que hay que comer y que hay que vestir, que hay que pagar el recibo de la luz, el alquiler, cuando no la hipoteca de la casa, sin otro medio posible que el de acudir a las pocas puertas que se les abren. Ahí está Cáritas, la primera y yo diría que la única de ellas, sin otras ayudas que no sean el exquisito sentido de la caridad por parte de muchos ciudadanos de a pie a través de las parroquias, y de lo que pueda aportar la Iglesia como institución, que no podrá ser mucho, pues, como es sabido, se sostiene básicamente de sus servicios y de la aportación de sus fieles y benefactores, cuando lo que tiene frente a sí es un panorama sombrío de necesidades apremiantes y difíciles de resolver, a las que jamás vuelve la espalda.


Nuestros abuelos del medio rural por muy ignorantes que fueran, gustaban llamar a las cosas por su nombre, una virtud muy castellana que a menudo llegaba a rozar los límites del defecto, tantas veces cruel como es fácil advertir con sólo echar un vistazo a muchos de los apodos por los que, fuera de todo pudor, se reconoce a familias enteras de nuestros pueblos.


    No es éste precisamente el caso que hoy me lleva a comentar esa mole de piedras multicentenarias de una realidad en forma de vieja fortaleza, cuya silueta encresta sobre un altillo el entorno del pueblecito de Establés en tierras de Molina; paradigma del desamparo y del sometimiento popular en tiempos ya lejanos, donde por sistema y hasta en casos extremos, prevaleció la ley del más fuerte; injusticia muy al servicio de la especie humana, que con mayor o menor violencia y casi siempre escondida bajo diferente indumentaria, perseguirá al débil mientras el mundo exista.


    Este castillo, que las buenas gentes de la comarca solían conocer por “el de la mala sombra”, se debió de edificar en la primera mitad del siglo XV, bajo el mandato y dirección de un caballero al que las crónicas reconocen como Gabriel de Ureña; un tirano de tomo y lomo que para levantar su obra utilizó los materiales, piedras y maderas, robados de las casas de los honrados campesinos que mandaba destruir. El transporte de material lo resolvía con los carros y bueyes de los viandantes que pasaban por los caminos cercanos, aplicando impunemente la fuerza como única razón. Las pieles de esos animales, una vez sacrificados, las aprovechaba como elemento de protección en las puertas del castillo.


    La historia parece un cuento, pero es verdad; las vejas crónicas y la tradición avalan este hecho singular que aflora a la memoria siempre que se pasa por allí, por sus alrededores, o se recuerda al pueblo sobre el que se alza, como monumento perpetuo a la sumisión frente al que ostenta el poder.


    He pasado por Establés hace sólo unas fechas. No me he encontrado con persona alguna por sus calles. La población de hecho debe de ser muy escasa. Es, en cambio, un lugar sosegado, de casas nuevas y elegantes por sus orillas, un redivivo edén para el verano y un despoblado de misterio y de silencio durante los largos meses de invierno.


    Y sobre el pueblo, la vieja enseña de su castillo maldito recordando con sus muros galanos todavía en pie, sus cubos y su torre del homenaje, lo mucho que tiene de vil la condición humana, que en cada momento de la historia se manifiesta de manera distinta. Ahí están las catacumbas romanas, las celdas y las cámaras de gas de los campos de exterminio, los abortorios como signo fatal de nuestro siglo, algunas de las suntuosas mansiones de tantos afortunados, que, aunque de forma velada, muy velada, desprenden al pasar junto a ellas un cierto olor acre, que es el tufo hediondo de la injusticia


  Para colmo de males nos llega otra seria llamada de atención desde la Unión Europea, asociación de países a la que pertenecemos por situación y por derecho. Es la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo), la que realiza cada año el informe PISA, quien nos ha pedido en diferentes ocasiones “medidas urgentes para combatir el fracaso escolar”.


    Los niveles de fracaso en España alcanzan el 29% de la población escolar, con referencia a estudiantes de educación primaria y secundaria, lo que significa que de cada diez estudiantes, por lo menos tres no acaban la educación obligatoria. En el caso de escolares cuyos padres carecen de estudios, el fracaso escolar de sus hijos -puntualiza- se dispara hasta un 63%, cifras más que alarmantes si se tiene en cuenta la importancia decisiva para el futuro de un país, del nivel educativo de sus habitantes.


    La OCDE señala algunos consejos a seguir de carácter, más organizativo que pedagógico, con el fin de evitar la situación en un periodo de tiempo más o menos corto. Medidas como las de prescindir de la repetición de curso, pues desmotiva al alumno y lleva a reducir su nivel de esfuerzo. Propone como solución promocionarlo con una ayuda personalizada en las materias que más lo necesite llevada a cabo por profesores especializados, y con un horario adicional, supongo, del ordinario que sigue el alumno en el curso al que está inscrito. Apunta que en los EEUU, Bélgica, Holanda y Portugal, lo hacen así.


    Aconseja así mismo la OCDE algún curso más de educación primaria, para que el alumno se encuentre en un grado más alto de maduración a la hora de enfrentarse con el siguiente nivel. Advierte igualmente que se revise la elección de centro, y que por parte de los gobiernos se incentive económicamente a las escuelas en las que asita un mayor número de alumnos con especiales dificultades.


    Como se ve, poco de muy poco, por no decir nada de nada. Ante una realidad palpable propiciada por determinantes particulares de cada país, como pueden ser las leyes en materia de educación, en las que se premie la responsabilidad y el esfuerzo, la defensa del profesorado y el respeto a su función, para que una vez conseguido, se exija al docente una entrega más responsable e ilusionada, imposible de conseguir en la situación de deterioro a la que han llegado muchos de nuestros centros. Pues, según el sindicato ANPE, más del setenta por ciento de las quejas que reciben del profesorado, son por el mismo motivo: las amenazas y agresiones personales, por parte de padres y de alumnos, a los profesores de sus centros.

    Por fortuna, y en contraste con todo lo dicho, la Federación Gremio de Libreros de España, acaba de anunciar que nuestros niños comprendidos entre los 10 y los 13 años, leen cada vez más, y que una mayoría de ellos no lo hacen por ocio, sino por placer. No estaría mal visto que cundiera el ejemplo, también en los mayores.

Los abuelos como recurso

Marzo 23, 2012

 La violencia sin piedad con que la crisis económica viene presionando sobre millones de españoles desde hace más de un lustro, esta sirviendo de refuerzo a los tradicionales vínculos que por definición deben existir entre los miembros de la familia, la principal y la primera de las instituciones humanas, y base de todas las demás.


    Leí hace poco el resumen de un estudio actual, realizado por Gerardo Meil, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, en el que, entre otras conclusiones, extrae como resultado que “la solidaridad familiar es un valor en alza”, en el sentido de que la crisis ha conseguido que las familias se conviertan en un fondo social dispuesto a solucionar los acuciantes problemas, insalvables de otra manera, en los que se ven inmersos algunos de sus miembros. En este caso los hijos en paro.


    Las nuevas formas de desenvolverse en la sociedad actual: mejor alimentación, higiene adecuada, avances de la Medicina, y otras causas más que han venido a favorecer la condición de vida de los ciudadanos, han hecho posible que, llegado el momento de la jubilación, la mayor parte de las personas se encuentren en condiciones optimas de colaborar en apoyo de la familia, atendiendo a los pequeños cuando sus padres trabajan, llevándolos o recogiéndolos del colegio, prestando pequeños servicios en el hogar…, y así cooperar en cuanto les es posible con esas ramas del mismo árbol que son las familias de sus propios hijos. Un hecho que hemos venido comprobando y considerando natural en nuestra cultura por años y siglos. Pero ha llegado el momento para millones de españoles en que las cosas, como consecuencia de la anómala situación en la que nos encontramos, han llegado a alcanzar límites insospechados debido a la falta de puestos de trabajo, hasta el punto de que son más de un millón las familias de nuestro país en las que no tiene trabajo remunerado ninguno de sus miembros, sin que encuentren otra solución para subsistir que la de acudir a los ingresos por jubilación de los abuelos, y en no pocos casos asistir a los comedores de Cáritas o a las parroquias (Iglesia Católica, al fin) en busca de alimentos. Una alarmante tragedia, a la que ni a nivel particular, y mucho menos estatal, se deben cerrar los ojos.


    Y todo esto considerado en el mejor de los casos; pues hablamos de familias que han evolucionado con normalidad, no de familias rotas, que por desgracia también se cuentan por centenares de miles en nuestra sociedad, y en las que la solidaridad familiar debe de resultar mucho más complicada.


    Cuando la fronda de la abundancia desaparece y las hojas del árbol se caen, se deja ver el nido. Una imagen que escuché hace mucho tiempo y que no he olvidado nunca. El nido, símbolo del calor familiar, del hogar paterno, permanece, aun en las peores circunstancias, entre el cruce de ramas.


  Es muy propia de la condición humana la táctica del avestruz, la de esconder la cabeza debajo del ala delante de cualquier peligro. En el caso del hombre, esa vieja cualidad se suele emplear cuando el picaporte de la miseria ajena o de la injusticia social, golpea sobre su conciencia, y entonces procura no ver, hacerse el desentendido, y -salvo en muy meritorias y contadas excepciones, que por lo general el mundo no valora-, dejar correr la vida.


    Recientes informes de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) dan cuenta de que al menos 2.000 millones de seres humanos, lo que supone una tercera parte de la población mundial, están sometidos a privaciones alimentarias rigurosas que alteran su desarrollo corporal y cerebral, añadiendo que de ese conjunto de pobladores del planeta, fallecen de hambre cada año cinco millones de personas. Sólo en Sudán del Sur -la nación más joven del mundo- “la situación de inseguridad alimentaria pasó de 3,3 millones en el año 2011, a 4,7 millones en el año actual, de los cuales casi un millón sufren inseguridad alimentaria grave”.


Los conflictos casi permanentes, las malas cosechas, el desconsiderado aumento de los precios, el regreso a su país de muchos emigrantes, aparecen como los motivos principales que han dado lugar a esa situación. “Se trata de una crisis que se avecina con rapidez y que el mundo no puede permitirse ignorar; la situación es desesperada”, asegura el director del PMA (Programa Mundial de Alimentos), Chris Nicoy. Para Manos Unidas, la falta de alimentos y la indigencia están íntimamente unidas; pues no se trata solamente de la carencia de alimentos o de cualquier otra clase de bienes tangibles, sino de la privación de ayuda sanitaria, de escolarización, de puesto de trabajo o de una vivienda digna.


Conviene añadir, no sin rubor, que la falta de solidaridad en el llamado primer mundo, nos lleva a que tan sólo Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda y Luxemburgo, hayan cumplido con el objetivo señalado por las Naciones Unidas de aplicar el 0,7 por ciento del PIB, para la ayuda al desarrollo en los países más pobres de la tierra.


Y ahí nos encontramos nosotros, nuestro país, entre los que no cumplen con ese compromiso que sacude en las conciencias de quienes tenemos un algo para comer, una escuela para nuestros hijos, un hospital, y una vivienda mejor o peor, pero digna en donde vivir. Me refiero a la clase media española, que lo somos la inmensa mayoria. No cuento con los más pudientes, con los que ostentan el poder económico y político del nuestro y de los demás países desarrollados, sobre cuyas conciencias el impacto de esa llamada a la solidaridad sospecho que debe ser mucho más fuerte, aunque no lo parece. Andan ocupados en otros problemas, graves sí, pero a kilómetros de años luz de los que en otras partes del  mundo mueren de hambre cada día. 


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