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Más de treinta años de democracia y en algunos sectores muy precisos de la sociedad española todavía no se han enterado de que el respeto a las personas es la piedra base en las que se apoya ese sistema de convivencia, admitido por la inmensa mayoría de los países civilizados y que, a falta de otro mejor que lo supere, es del que nos servimos para vivir dentro de un orden.

   Digo esto pensando en las hirientes noticias que a diario leemos o escuchamos los católicos en los medios de when to take viagra información, donde se da cuenta de algo que hasta hace poco nos pareció que no llegaría nunca, pero que, como paradigma de la intolerancia más atroz, se está convirtiendo en habitual pese a ser gravemente ofensivo para muchos millones de españoles. Me refiero a la profanación de capillas católicas en algunas de nuestras Universidades, y a otros actos de los que como miembros de un país civilizado nos tenemos que avergonzar.

   Estos hechos, impropios de cost of cialis 20mg personas que se preparan para ser líderes de la sociedad en un futuro: médicos, profesores, sociólogos, etc., resulta altamente reprobable desde cualquier punto de vista que se le mire. La libertad de conciencia y el derecho a creer en lo que a uno le dé la gana, es esencial dentro de cualquier democracia. Se trata de un acto cobarde, de suprema provocación, y de cuyas posibles consecuencias, si no se le pone remedio, no quiero pensar.

   Como contraste, acabo de ver una superproducción extraordinaria ahora en estreno, la película “Encontrarás dragones”, que durante estos días se está proyectando en cines de todo el mundo. Su temática es la Guerra Civil Española, y el personaje en cuya vida se basa, un español universal, san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, que la vivió y que la sufrió, como ahí hemos podido ver basándose en hechos históricos verificables.

   Me ha sorprendido el tratamiento que se da en el film al hecho en sí de aquellos marcados momentos de viagra online diagnosis nuestro pasado: violencia, muerte, odio, también amor; lo propio de una guerra fratricida que acabó con casi un millón de víctimas entre muertos y mutilados, tanto de uno como del otro bando, y que en la película se salda con la sublime lección del perdón, flotando sobre las infectas aguas del rencor y de la venganza.

  Se advierte enseguida que la película no ha sido ideada por españoles, que el reconocido director y guionista de la misma, Roland Joffés, conoce nuestro pasado desde la perspectiva de la distancia, y pese a su condición de inglés y de agnóstico, ha sabido entrar en tan delicado asunto por el camino del respeto y de la verdad objetiva, algo que no se ve todos los días en un medio tan poderoso como lo es el cine.

Hace algunos días me encontré por casualidad con Andrés, uno de mis exalumnos de los que guardo un mejor recuerdo. Es posible que hayan pasado más de veinte años desde que lo viera la última vez. Tampoco tenía una idea exacta, ni siquiera aproximada, de lo que la vida habría hecho con él después de tanto tiempo. Andrés, desde su posición de alumno formal, y yo desde la mía de profesor quizá demasiado exigente, nos solíamos quedar a veces unos minutos dentro de la clase a la hora del recreo con los papeles cambiados, es decir, él como profesor y yo como alumno inexperto en cuestiones informáticas, disciplina en la cuál, a sus trece o catorce años, era un verdadero maestro. El manejo del instrumental en las nuevas tecnologías, hace tiempo que me di cuenta de que funciona en razón inversa a la edad de purchase viagra cialis levitra las personas; de ahí que resulte cuando menos curioso este fenómeno entre generaciones, tan real, tan frecuente y tan extraordinario.

Por la cuenta que nos trae, somos muchos los que nos hemos agarrado con fuerza al asidero del tren en marcha de las nuevas tecnologías, y mal que bien hemos ido saliendo adelante a fuerza de constancia. Otros, por el contrario, se han resignado a dejarlo perder arguyendo razones que no son otra cosa que producto del "agiornamento" que van dejando sobre la piel y sobre el corazón los años de trabajo. La madurez es una pieza más, no la última, del complicado mosaico de la vida del hombre. La jubilación aparece un buen día a golpe de calendario cuando llega el momento, enfrentando a la persona con unas nuevas maneras de vivir hasta entonces poco conocidas, pero a las que conviene estar prevenido antes de que lleguen; un ejercicio de guaranteed cheapest viagra voluntad que quien más quien menos procura poner en práctica a su debido tiempo. Y así, metidos en esa danza, y siempre que se cuente con unas condiciones mínimas para llevarlo a término, nada mejor que haber tomado la precaución de no alejarse, bien por sistema o bien por miedo, del marco de las nuevas tecnologías -más nuevas y más sorprendentes cada vez-, y que nos servirán después para viajar, sin complejos y sin obligadas privaciones, por los caminos que a la vida se le antoje llevarnos a partir de ese día, y que a poco que uno se descuide no van a ser otros que los de quedarse en casa viendo la televisión, o esperando que llegue la hora de la partida de cartas con los amigos en el Centro Social, deportes que no seré yo quien diga que están mal, pero que al cabo del tiempo uno se da cuenta de que no conducen a nada, o a casi nada, y que contribuye al deterioro físico, y al anímico y mental no digamos.

Pero volvamos al reciente encuentro con mi joven alumno que tan felizmente celebro. Hemos de saltar por encima de buy cialis un par de décadas, o quizá más, de tiempo intermedio. Ha sido un encuentro casual, de haberlo previsto estoy seguro de que hubiese tenido a punto alguna nueva pregunta para él, alguna de esas dudas aparentemente insalvables que a menudo nos surgen ante cualquier nueva dificultad delante del teclado, y que él probablemente me hubiese ayudado a resolver; eso sí, sin el candor ni la voz preadolescente de aquellos años. Es el poso que el discurrir de la vida va dejando, sin excepciones ni privilegios, en cada uno de nosotros.

Me cuento como uno más de los muchos que celebramos la incorporación de Alberto Contador a la que es su vocación y de cuyos éxitos deportivos participamos todos los españoles. Nadie estamos libres, y es muy posible que de generic viagra without prescription hecho, tú y yo hayamos sido alguna vez víctimas de alimentos manipulados tanto fuera como dentro de casa.

La droga es uno de los más crueles enemigos que la sociedad actual tiene como amenaza permanente, y considerada en grado de adicción cuenta entre las primeras causas de mortalidad en los cinco continentes, siendo la juventud la que por motivos diversos cae en sus garras con una facilidad mayor, lo que no deja de ser todavía más lamentable.

En el fondo, la droga y todo el ambiente afín en el que se desenvuelve y desarrolla, no es otra cosa que una prueba evidente de la depravación humana, que va calando en la sociedad moderna y extendiendo sus tentáculos hasta ámbitos insospechados en los que siempre, como en la más cruel de las batallas, hay vencedores y vencidos. Las ganancias del mercadeo de buy cheap cialis soft la droga deben de ser cuantiosas, y los que la padecen físicamente en sus carnes se cifra en varios millares dentro de nuestro país, sin contar el sufrimiento de familiares y allegados, que aumentaría la cantidad de víctimas hasta un número increíblemente mayor, sin que por ello se vislumbre ni a corto ni a largo plazo una solución efectiva contra este terrible problema.Con ocasión de la lucha frontal, inconveniente e ineficaz a todas luces, surgida en nuestro país contra el tabaco -droga al fin, pero posible aunque costosa de abandonar- nos hemos ido poniendo al día de lo que últimamente se viene publicando a este respecto; y así nos hemos podido enterar de cosas tan aberrantes como que en California se someterá a votación si se autoriza o no la siembra y explotación de marihuana, cuya legalización se calcula que dejaría a las arcas de aquel estado norteamericano unos mil doscientos millones de dólares en impuestos. Sin salir de cheap cialis find USA, sírvanos el dato, el consumo de cannabis ha aumentado últimamente un 8%, siendo el número de consumidores de diecisiete millones diarios.

El problema no es nuevo, pero está ahí y urge erradicarlo en beneficio de todos. La perspectiva no es nada halagüeña. El problema del dolor humano es a los hombres a quienes nos incumbe resolver, no sólo en éste, sino en cualquiera de los frentes que rodean al llamado estado del bienestar. Los gobiernos deberían ingeniárselas y trabajar de manera efectiva por el bien común, que es el opuesto al bien propio que generalmente se practica, y los ciudadanos colaborar abiertamente por las causas justas, siendo ésta que comentamos una de las más apremiantes al lado de la falta de trabajo, de la incultura, del hambre y de la carencia de una vivienda digna.

Es la imagen, mal que nos pese, de esta sociedad que nos hemos venido creando y en la que todavía quedan tantas cosas por resolver mientras haya en el mundo una sola persona que lo pase mal por falta de medios. La imposición por decreto de soluciones jamás será un remedio, como tampoco lo podrá ser el inventarse artilugios absurdos, tales que la disminución de velocidad en los automóviles con el único fin de allegar fondos por el fácil recurso de la sanción.

Los tiempos corren a una velocidad de vértigo convirtiendo al hombre en víctima de ese presuroso correr. Las gentes del siglo veinte somos testigos excepcionales del correr de los tiempos. No es preciso estar muy metido en edad para reconocer, por el simple hecho de haber vivido, cómo el cambio experimentado durante los últimos cincuenta o sesenta años, ha superado en mucho en nuestro país y en todo Occidente, a lo que consiguieron nuestros antepasados durante veinte siglos. Del arado romano, que tantos hemos llegado a conocer para labrar la tierra, a los medios informáticos, de comunicación y de transporte que hoy usamos, no hay mucho más de medio siglo de distancia. Una velocidad a la que al hombre no le queda otra opción que la de adaptarse, o sucumbir víctima del brío imparable de los nuevos tiempos y de las circunstancias que su correr genera.

Acabo de llegar de un pueblo pequeño, uno de esos pueblos más o menos cercanos a la capital, que de un tiempo a hoy han visto cómo aumentaba su censo de población de manera extraordinaria, casi antinatural, al inscribirse en su padrón municipal los habitantes de la urbanización que ha ido creciendo en sus orillas.

Los antiguos habitantes, y los más recientes de la urbanización, son vecinos de un mismo municipio, legalmente inscritos como tales y, por tanto, con los mismos derechos y obligaciones respecto al municipio en el que viven. Si algo los diferencia, además del origen, es la manera distinta de vivir de unos y de otros, y en ciertos casos también la de entender la vida. Labradores, campesinos, y jubilados por una parte, y trabajadores de la industria y de los servicios en la ciudad, los otros. La proporción numérica, en cambio, aparece desnivelada, en el sentido de que el número de los nuevos habitantes multiplica por diez o por veinte, o por cincuenta quizá, al de la población nativa. Dos intereses distintos a los que es preciso acoplarse en el vivir diario.

Las consecuencias de dicho fenómeno social se acentúa en éstas y en fechas inmediatas, con motivo de las elecciones municipales en las que suelen aparecer unas listas, afines por lo general a opciones políticas mayoritarias, y otras independientes o asociadas, con nuevas siglas a veces, que debido a su mayoría numérica siempre, o casi siempre, suelen triunfar. Todo correcto, todo legal, y en la mayor parte de los casos es la cordura y el sentido común de unos y de otros lo que va sacando al municipio adelante en beneficio de la población, sea cual sea su origen e intereses.

Hasta aquí lo comprendemos todo, incluso lo asumimos de buen grado como una consecuencia más del correr de la vida; pero queda, como perdida en los rincones de la imaginación, una poderosa duda, una pregunta inquietante y nada fácil de responder: ¿Qué pasaría si el mismo caso se llegase a presentar en unas elecciones generales? En el concepto social hacia el que tendemos, la posibilidad existe.

La cultura de la muerte

Febrero 04, 2011

La vida es el don gratuito con el que venimos al mundo aquellos a los que se nos ha permitido nacer. Es éste, el de la propia vida, el privilegio que el hombre defiende por encima de todos los demás y del que nadie, ni siquiera él mismo, tiene derecho a disponer. La vida ocupa el primer lugar entre los derechos inviolables del hombre, de todo hombre; un concepto fuera de toda opinión, pero que en ciertos periodos de la historia surge con mayor reiteración y virulencia, puro juguete de las circunstancias. La vida está considerada por una parte de la humanidad como una puerta que se puede abrir o cerrar a capricho del individuo, casi siempre como producto de intereses malévolos.

Más de treinta y cinco mil suicidios se producen en Japón a lo largo del año; cada quince minutos se apea del tren de la vida un japonés por término medio. Los llamados "pactos de la muerte colectiva" están tomando claros caracteres de contagio entre la juventud nipona. Experiencia que comenzó en la ciudad de Minano, cerca de Tokio, al ser encontrados dentro de un coche los cadáveres de cuatro chicos y tres chicas que habían inhalado voluntariamente monóxido de carbono, sistema conocido por los japoneses como la "muerte dulce".

La cultura de la muerte la encontramos hoy envuelta con el ropaje del consumo y del bienestar, cuya más clara enseña es la indigencia moral, la violencia agresiva, consecuencia inmediata del hedonismo y del materialismo propios del todo vale, del todo está permitido a los que vivimos, alimentado por el relativismo filosófico y moral, y por el laicismo dominante que con frecuencia comprobamos cómo favorecen, cuando no lo imponen, muchos estados del llamado primer mundo.

Hace algo más de tres años que decidió abortar la actriz británica Emma Beck, optando por suicidarse poco después. Sus parientes hallaron junto al cuerpo de la actriz una nota en la que se podía leer: "La vida es para mí un infierno; yo nunca debería haber cometido ese espantoso crimen; hubiera sido una buena madre. Deseo estar con mi bebé, necesita de mí más que nadie".

El suicidio asistido también resulta cruel. Quienes los han visto, cuentan con horror que en los videos de estos suicidas se ve cómo la congoja y el sufrimiento son terribles, que la muerte a veces tarda en llegar cerca de una hora entre convulsiones y opresiones.

Parece ser que es éste uno más de los signos de nuestro tiempo. Es muy difícil encontrar un periódico, ver o escuchar las noticias de un día, en donde la muerte violenta no tenga su espacio. Una lacra espantosa para la humanidad, precisamente cuando en el mundo se cuenta con medios suficientes para vivir mejor, cuando el hombre tiene menos motivos para comportarse de esa manera; pero que ahí está.


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