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Todavía lo recordamos: “Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema”. Así rezaba años ha un eslogan de carácter oficial, que en su tiempo corrió por los medios de comunicación de todo el país más en pena que en gloria. Sirvió de muy poco, esa es la verdad; incluso se llegó a frivolizar con él, añadiéndole al final la coletilla: “Sr. Conde”, que es como acampó y como todavía perdura en la memoria de muchos españoles. Volvió a ponerse de manifiesto la irresponsabilidad colectiva frente as un mal de importancia suprema, de modo que aquello que se intentó evitar de tan desafortunada manera, vuelve a reaparecer cada verano con una virulencia cada vez mayor y con unas consecuencias cada vez más graves, habida cuenta de cialis holland order que en ello anda en juego entre otros males la vida del hombre. En nuestra tierra nos ha tocado vivir experiencias demasiado amargas, como para que lo incendios forestales no sean considerados como uno de los peores males que nos acosan.


    El descuido, la permisividad mal entendida, la falta de estima hacia el medio natural, la irresponsabilidad siempre, van convirtiendo poco a poco comarcas enteras del paisaje español en verdaderos desiertos, lo que no deja de ser una tragedia, aparentemente imposible de evitar y de consecuencias fatales, en la que la víctima, directa o indirectamente, siempre es el hombre.


    Vivimos en un rincón de la tierra donde la peligrosidad en ese sentido alcanza niveles máximos. Las temperaturas elevadas, la escasez de humedad y de lluvia durante nuestros prolongados estíos, la abundancia en los campos de hierba seca y de matorral convertidos en auténtica estopa, propensa al incendio al menor descuido, requieren de generic cialis walmart un cuidado especial que no todos los ciudadanos estamos dispuestos a poner en práctica, y ahí tenemos los resultado. Es cosa corriente encontrarse en pleno campo con un vaso de cristal, un trozo de vidrio o una botella, envueltos entre la broza seca; elementos capaces de tornarse en cualquier momento en una lente incendiaria al impacto natural de la luz del sol. Las colillas que se arrojan a las carreteras desde los vehículos en marcha, es un hecho lamentable que todavía se da y causa de muchos incendios en las márgenes, como estamos hartos de comprobar en algunos de us discount viagra nuestros viajes. 


    Cuando los incendios son intencionados, provocados por individuos con alguna intención, como parecen ser muchos de ellos, la solución es bastante más difícil; no sirven las multas ni el temor a la justicia que, por cierto, debería ser bastante más rigurosa. Sería en estos casos un problema de cambio de mentalidad, de educación, tan complejo como lo es el hombre en una sociedad donde el correcto comportamiento y la solidaridad como valores morales, atraviesan uno de sus peores momentos.


La noticia corrió días atrás por los medios de nuestra comunidad autónoma, y se ha desvanecido como todo lo que de notable ocurre en un mundo donde las noticias son tantas, y lo hacen con increíble rapidez para dar paso a las que les sucederán en cuestión de minutos.Ha sido una de esas noticias que como el vino alegran el corazón del hombre. Y fue que uno de los miles de jóvenes estudiantes de viagra us compare prices nuestra región tocó techo en los últimos exámenes de Selectividad, previos al ingreso en estudios universitarios. Su nota media fue de 9,975, sobre los diez posibles. Se trata de la prueba más valorada de toda la comunidad  de Castilla-La Mancha, si no lo es también de España, dato que no poseo. Este muchacho, al que la inteligencia por un lado y el esfuerzo por otro, le han colocado en lo más alto del podium de los ganadores, ha manifestado que seguirá estudios universitarios de Traducción e Idiomas, porque piensa marcharse a trabajar al extranjero.


    Yo me pregunto, como muchos nos preguntamos, qué es lo que pasa aquí para que los mejores de viagra canadian prescriptions entre nuestros jóvenes quieran abandonar su lugar de origen y marchar a otros países a producir según su preparación y sus probados conocimientos. Respuestas hay muchas y muy diversas, pero todas coinciden en un punto común: en que los méritos adquiridos por medio de la responsabilidad y del trabajo, aquí carecen de valor. Temen que llegado el momento, con la filosofía al uso -la empleada en nuestro país durante los últimos veinte o treinta años- sea embutido dentro de la bolsa, como se meten las fichas del ajedrez una vez acabada la partida, y que al margen de su bien demostrada valía, tengan que resignarse a ingresar en la lista del paro, o aceptar un trabajo de menor compromiso y huérfano de cheap generic substitute viagra futuro. ¿Qué está pasando aquí? ¿Hasta adonde hemos conseguido llegar? Qué hacer para sacudir de nosotros ese instinto rebañego que, como una maldición, corroe las entrañas de una sociedad en la que todo vale, pero casi nada sirve; y si algo de lo que todavía existe merece la pena cuidar, como lo es el caso del estudiante aludido, que con ese sentido recto y responsable, propio de un importante sector de nuestra juventud, no le importa reconocer públicamente que su destino final, donde pueda desarrollar su capacidad, está en otro modelo de sociedad distinto al que aquí se le ofrece, es decir, fuera de compare viagra with kamagra España.


    Es lo que tenemos. No otra cosa que el reflejo fiel de la sociedad que a base de errores hemos creado. El globo que soporta la falta de estima de los valores propios está a punto de estallar; tal vez, y como mal menor, esté perdiendo presión y acabe por desinflarse. Lo tremendo será volverlo a su estado natural, sin otro manual de instrucciones para su reparación que los despojos que nos puedan quedar después del descalabro.



  Sorprendentemente, y a santo de why is viagra brand better qué, aparecieron un día al margen de las carreteras y en las esquinas de los pueblos de Sierra Ministra y sus proximidades, carteles anunciadores, en diferentes formas y tamaños, en los que se informa al viajero, incluso a los propios nativos del lugar, de que se encuentran, por si alguno no lo sabía, en la Ruta de D. Quijote. Sí; como lo cuento, aunque a alguien le pudiera resultar extraño.


    Siempre me ha parecido de una frivolidad inexcusable el tratamiento libre y subjetivo de la Historia, cuando los hechos que se registra en ella son como son y están donde están y no en otra parte. Nadie tiene autoridad, por muchos que sean sus méritos, para cambiar el rumbo del pasado, ni para convertir en negro o en gris los que es escrupulosamente blanco. Y si del hecho histórico hablamos con esa rotundidad, de la misma manera y por idéntica razón lo deberemos hacer con relación al hecho literario, al que, sin segundas interpretaciones posibles, denuncia la palabra escrita, segura y permanente.


   En alguna ocasión he comentado con un alcalde de la referida zona el hecho, frívolo y ridículo, de trasladar la Ruta del Quijote a estas tierras por las que anduvo, no un imaginario Alonso Quijano, sino el Cid Campeador en carne y hueso; como así lo sabemos por la Historia y por la Literatura. La opinión del edil es que se trató de una decisión política, de un a disposición más de las que en un pasado reciente fueron salpicando de discount generic cialis pills online errores sin sentido el vivir diario de nuestra comunidad autónoma. Recuérdese al respecto aquella decisión oficial por la que se premiaba a los agricultores castellano-manchegos que arrancasen viñedos y olivares, cuando su producción, como bien sabemos, es parte fundamental de nuestra economía.


    No dudo de que el punto de apoyo para tan trivial decisión y para su llevada a efecto -costes incluidos- haya sido el tomar como auténtico “Quijote” el de Avellaneda, lo que todavía agrava, más si cabe, la situación; pues en esa obra, cuyo verdadero autor se desconoce, se dedica un capítulo al paso del Ilustre Hidalgo por la ciudad de Sigüenza, sin hacer referencia a ese rosario de pequeños municipios que, sin comerlo ni beberlo, se han incluido en tan hipotética ruta.
    La decisión, por parte de quien fuera, no favorece a nadie, ni siquiera a la propia comarca de la sierra seguntina.

Sigüenza y todo su entorno tienen sobrados motivos, al margen de los equívocos cervantinos que se le han intentado atribuir, para atraer el turismo cultural del tiempo presente, como así vemos y comprobamos. No se olvide que durante un periodo importante de su pasado como ciudad, la extinta Universidad de Sigüenza, y aun toda ella, estuvo considerada como un foco artístico-cultural de primer orden, como todavía consta en documentos en piedra y en papel, y la literatura del Siglo de Oro español situó, con toda justicia, en lugar preferente.


  Durante algunas semanas, más por deber familiar que por satisfacción personal -aunque no deja de ser una suerte-, me toca vivir en el ambiente rural de un pueblo de la sierra. Ello supone un a modo de espantada de la problemática social del momento en el vivir diario, que en la ciudad se siente más de cerca. Los medios de información, salvo Internet que prácticamente no existe, nos ponen en contacto al instante de lo que pasa en el mundo.


    Los pueblos, como parte que son del inmenso puzzle que da lugar a lo que ahora llamamos país y antes se llamaba patria, se sienten víctimas en la parte que les corresponde de los problemas de la comunidad y de sus cada vez más frecuentes y más perniciosas limitaciones. El paro laboral también cuenta en los pueblos; el pillaje por parte de los amigos de lo ajeno es todavía mayor, a lo que hay que unir la deficiencia en dos servicios fundamentales: la escolarización de los niños y la atención sanitaria, que al margen del buen servicio de los que la ejercen, en muchos casos obliga a desplazarse a otros lugares, en una microcomunidad muy especial, constituida principalmente por personas de edad avanzada.


    He pasado en el pueblo el primer fin de semana. El número de coches estacionados en las calles es menor de lo que fue por estas fechas en años precedentes. Algunos proveedores del comercio ambulante se quejan de que la venta ha disminuido y que cumplir con el servicio de atención semanal a los pueblos no vale la pena; que los carburantes cuestan mucho, que los productos alimenticios también, y que la gente se retrae de gastar porque el dinero es escaso y el final de la crisis se ve todavía muy lejos, en tanto que la calidad de vida tal vez empeore si es que de verdad queremos llegar hasta el final del túnel.
    Se ha  vivido muy bien hasta que por falta de control nos hemos encontrado con las arcas vacías. La economía nacional, y una gran parte de la familiar, se han endeudado hasta la temeridad, y se impone necesariamente retomar el buen camino a costa de unas privaciones a las que no estamos acostumbrados. Se nos ha permitido abusar en exceso de los servicios gratuitos, tantos de ellos perfectamente evitables, que a la par de las consecuencias y de los abusos de una mala gestión de años, han ido minando la economía hasta llegar a la actual situación, que tendremos que superar, mal que nos pese, caminando en dirección contraria por un espacio de tiempo indefinido, pero en razón inversa al sacrificio que nos cueste conseguirlo.


    En los pueblos pequeños no se ignora la gravedad del momento. Se sienten víctimas de la situación y no todos están dispuestos a colaborar de buen grado con lo que convendría hacer para poner remedio. Dudan de  que los responsables directos e indirectos del problema creado, lo sufran en la medida justa que les corresponde. Somos muchos más los que pensamos así.


Hace más de treinta años que escuché por primera vez cómo en los países más civilizados se iba dando la vuelta a la pirámide demográfica hasta situarla en posición inestable, o sea, con la cúspide en la parte inferior sosteniendo toda la masa; pero que el momento se preveía muy lejano y el progreso iría abriéndose camino para sobrevivir. No ha sido así. El mundo corre de manera imparable en dirección contraria, sin que se haga todo lo que habría que hacer por librarle de los fatales resultados que ya están empezando a llamar a nuestra puerta. Son muchos los que por motivos diversos, debido a la edad principalmente, han de vivir a costa del trabajo de unos pocos. En este momento en nuestro país no llega a tres trabajadores en activo por cada jubilado, cuando en Europa hace cincuenta años ese número era de veinte, y hasta hace poco eran diez o doce trabajadores, según los países, por cada pensionista.


    La perspectiva que tenemos a la vista no es de lo más alagüeña, si se tiene en cuenta que el número de jóvenes dispuestos para el trabajo en un futuro es cada vez menor, al tiempo que aumenta el número de viejos en un juego de cifras desalentador y progresivo. Acabo de leer a un experto en demografía que el cincuenta por ciento del gasto farmacéutico en España -valga como ejemplo- lo consumen los mayores de 75 años; y tienen derecho a ello, faltaría más.


    No nacen niños, y de los que vemos, un número importante son hijos de inmigrantes. Sí, en cambio, nuestras calles y paseos están llenos de cabelleras blancas, de personas con bastón sentadas sobre los bancos de las aceras. Es la panorámica actual del paisaje en el que nos movemos, huérfano de esperanza por otra parte, a no ser que las cosas cambien mucho, lo que no parece factible, mucho menos con la premura que requiere.


    La gente vive mal. No es cosa sencilla abrirse un camino digno en la vida. Falta de trabajo en donde realizarse y poder servir a la sociedad y sacar adelante la familia; distancias  inasumibles desde el domicilio familiar hasta el lugar de trabajo; viviendas ínfimas en donde es prácticamente imposible el poderse desenvolver; horarios laborales a veces inhumanos… Y la vida sigue, para muchos sin saber qué camino tomar ¿Quién puede tener niños en esta situación? Se preguntan los que están en condiciones de poderlos tener. En plena Guerra Civil, año 1938, nacieron en España 428.000 niños, mientras que en tiempos de paz, año 2010, esa cifra era de 375.000 solamente, una cantidad a la que se deberían sumar los 113.000 españolitos y españolitas a los cuales ese año no se les permitió nacer. Un signo de nuestro tiempo del que algún día, quizás no demasiado lejano, nos tendrá que juzgar la Historia. Confiemos en que llegue el momento de la cordura y el mundo reencuentre el camino que nunca debió perder.


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