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Seducción

Agosto 01, 2011

Uno de los libros más vendidos en Estados Unidos está siendo la biografía de Warren Beatty (Star: How Warren Beatty seduced America; Simon & Schuster, 2010), de Peter Biskind, un escritor conocido por sus anteriores bestsellers dedicados a explorar las sentinas hollywoodenses. Más allá de su trabajo como actor, el verdadero morbo de la biografía está en la descomunal carrera como amante del hermano de Shirley MacLaine, que incluye una interminable lista de actrices, cantantes y modelos que hizo decir a Woody Allen que, de existir la reencarnación, «le gustaría hacerlo en las yemas de los dedos de generic viagra woman Warren Beatty.»

Menos sensual, James Carville, director de las campañas presidenciales de online cialis sale Bill Clinton, que se hizo famoso por su exclamación ya clásica en estrategia política: «¡Es la economía, estúpido!», decía que aunque de joven le hubiera gustado reencarnarse en el presidente, en el papa o en un beisbolista famoso, después de conocer a fondo la política económica, querría reaparecer en el mercado de bonos, «porque así intimidas a cualquiera.» La intimidación que viene sufriendo la economía española, afectada por el habitual efecto contagio que amenaza a Europa, pero potenciada porque la banca española, mirada con lupa por sus pecados inmobiliarios, tiene una amplia presencia en Portugal, ha tenido un respiro durante la primera quincena de enero: el Estado ha logrado colocar varios paquetes de bonos por un valor de viagra suppliers in the uk más de diez mil millones de euros a un interés muy razonable, incluso inferior al que había logrado a finales de 2010..

Los mercados internacionales de bonos, donde las instituciones financieras y los gobiernos consiguen dinero, son peor conocidos y menos comprendidos que los de acciones, pese a lo cual son enormemente más importantes e influyentes. Al determinar si un país puede conseguir dinero a buen precio (es decir, cuánto más bajos sean los intereses que tiene que pagar para obtener efectivo), los mercados de bonos han tenido profundas implicaciones en prácticamente todos los aspectos de la vida desde que las ciudades-estado italianas comenzarán a emitirlos en el siglo XVII. El precio de cialis super active los bonos soberanos (emitidos por los gobiernos) revela la solvencia de un gobierno, con qué facilidad puede reunir dinero y qué consideración merecen sus políticas en los mercados. Dado que lo normal en todo el mundo capitalista es que los gobiernos tengan que pedir dinero prestado para mantener sus presupuestos equilibrados, los Estados emiten bonos con regularidad. Si un gobierno no puede recurrir al mercado de bonos tendrá muchas dificultades para sobrevivir.

Un bono es básicamente un pagaré, un tipo de deuda que promete devolver al poseedor una suma determinada a plazo fijo, además de unos intereses (por lo general anuales) a lo largo de la vida del bono. Un bono soberano típico, de diez mil euros, por decir alguna cantidad, puede durar desde un par de años hasta medio siglo, y pagará un interés nominal fijo de cerca del 4 ó 5%. Una vez que los bonos han sido emitidos se pueden rastrear en los gigantescos mercados de bonos internacionales que existen en los centros financieros, desde Nueva York y Londres hasta Tokio. En estos mercados, los intereses son la clave. Su verdadero poder reside en el hecho de que los tipos de cialis overnight us pharmacy interés que los mercados determinan para el bono pueden ser de facto muy diferentes de los que se mencionan en el bono mismo. Si los inversores creen que un gobierno puede caer en la morosidad o altas probabilidades de aumentar la inflación (lo que es también un tipo de incumplimiento, pues la inflación socava el valor del bono), tenderán a deshacerse de los bonos de ese gobierno. Lo que tiene un doble efecto: reduce el precio del bono y aumenta el tipo de interés efectivo que paga. Desde el punto de vista económico la situación es muy sencilla: cuanto más arriesgado es un valor, menos pagan por él los inversores y mayor deberá ser la compensación (el tipo de interés) por conservarlo.

Tomemos, por ejemplo, un bono soberano por valor de diez mil euros con un tipo de interés del 4,5 por 100, el llamado "tipo del cupón". Supongamos que el bono es a diez años. Si el Estado cumple, el poseedor del bono recuperará su inversión después de una década, mientras que el bono le garantiza cada año 450 euros adicionales. Pero, ¿qué pasará si los inversores se ponen nerviosos acerca de generic viagra buy la solvencia del gobierno emisor y empiezan a vender sus bonos? Ahí entran en juego los rumores interesados, de cuya influencia en todas las esferas de la actividad humana ha alertado Cass Sunstein en un libro de muy recomendable lectura (Rumorología; Debate, 2010). Supongamos que circula el rumor de que las finanzas del Estado emisor no son fiables. Dado que el dinero es cobarde por definición, los inversores timoratos correrán a deshacerse de sus bonos, los cuales, obviamente, habrán bajado de precio.

Supongamos que el precio cae a 9.000 euros: a este precio, los 450 dólares de rendimiento representan un interés real del 5 por 100 para los nuevos inversores que seguirán percibiendo los 450 euros fijados inicialmente. Ahora bien, el nuevo tipo tiene una importancia enorme pues influye sobre los tipos a los que un gobierno puede emitir bonos en el futuro si espera encontrar compradores. Para colocar los miles de bonos que emite semanalmente, el gobierno debe adaptar los tipos de interés iniciales (el tipo del cupón) al tipo que el mercado otorga a los bonos ya existentes (en nuestro supuesto a un mínimo del 5 por ciento). Cuanto más alto sea el tipo que deba pagar, más gravoso le resultará obtener crédito y mayores serán los recortes que se vea obligado a hacer. No es de extrañar que el mercado de bonos le resultara tan intimidante a James Carville.

Los bonos, los emitan los gobiernos o las instituciones financieras, son una de las inversiones más seguras que existen. Cuando una compañía quiebra, los propietarios de sus bonos se encuentran a la cabeza de la cola de acreedores para recuperar su inversión, mientras que los accionistas tienen que esperar hasta más tarde, cuando la mayor parte del dinero ya haya sido devuelto a los acreedores. Sin embargo, la posibilidad de una suspensión de pagos es una consideración clave para los inversores, lo que ha dado origen a un complejo aparato para guiarlos en lo relativo a la fiabilidad o no de cualquier bono en particular. Las agencias de calificación de riesgo, usando modelos estocásticos, califican los bonos de acuerdo a la probabilidad de generic viagra without a prescription que se produzcan impagos. Estas calificaciones van desde la AAA, la mejor, hasta la C. Por lo general, los bonos con calificación BAA o superior son considerados «grado de inversión», mientras que los que se encuentran por debajo son los llamados «bonos basura», que, en compensación por el elevado riesgo de impago, ofrecen tipos de interés muchísimo más altos.

En su última novela (Homer y Langley; Miscelánea, 2010) Doctorow ha narrado el esperpéntico modo de vida de los hermanos Collier que, afectados por el síndrome de Diógenes, acumularon compulsivamente toneladas de basura en su mansión neoyorquina hasta morir aplastados por las inmundicias. Afectada por este síndrome, la banca privada de viagra generica todo el mundo, a hombros de calificaciones al alza de las agencias de calificación, cuya eficacia ha sido la de un submarino con goteras, llenó sus arcas de bonos basura. El olor de esos activos tóxicos inició en 2008 el acoso y derribo de la economía, dando comienzo a un proceso al que ahora asistimos entre indignados y perplejos.

Cuando Cervantes relata el expurgo que el cura y el ensañado barbero realizan en la biblioteca de cheap viagra from canada Don Quijote, condenando a la hoguera aquellos libros que, a su juicio, pecaban de arrogantes, revueltos, disparatados o insensatos, el cura exime de la pira el Tirant lo Blanc por ser «un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Llevadle a casa y leedle», le dice a su compadre el barbero. El lector impenitente y omnívoro que era Cervantes reivindica en esos párrafos dos cosas: el placer de la lectura y el gozo de recomendar lo que uno ha leído. Porque en el momento de la verdad, frente a la salvación o a la hoguera, para el buen lector lo que importa es el placer de leer, las más de las veces en la intimidad, pero también a la búsqueda de cómplices con los que compartir la experiencia que prolonga y profundiza el placer de la lectura.

La lectura de la ciencia suma al placer de la lectura el de la inteligencia. Afortunadamente existen caminos intermedios entre la pasiva ignorancia y el conocimiento riguroso. Cerramos ciertos libros que, además de divertirnos, nos hacen sentir más inteligentes, resultado que el autor no pudo nunca prever. ¿Qué otro género nos permite disfrutar del uso de la razón, pensar con Pascal, meditar con Eratóstenes, razonar con Copérnico, seguir los vericuetos de la mente de Newton, explorar con los ojos bien abiertos de Humboldt o escudriñar el universo con los ojos de Salviati, Sagredo y Simplicio, los protagonistas del Diálogo de Galileo? Se trata de ser invitados a la reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea, del descubrimiento de la naturaleza viva. Se trata de leer y de pensar.

Rescato antiguas lecturas, libros que nunca han estado perdidos porque siempre esperaba disponer de tiempo para volver a reencontrarme con ellos. Los he vuelto a abrir y los he encontrado repletos de subrayados y anotaciones, con glosas marginales apenas esbozadas con letra apresurada que intentan retener una idea tan rápida en llegar como en desvanecerse, o que remiten a otras lecturas de la misma forma que los montones de piedras señalan la dirección adecuada en las bifurcaciones de los caminos rurales. Los he hojeado y ojeado, buscando la fruta madura que, entre el follaje de papel impreso, me ofrecen las viejas marcas del lápiz. También he aprovechado para leer por primera vez cuatro libros de divulgación que tenía pendientes. Me ocupo ahora de estos y amenazo con una próxima entrega dedicada a lecturas más veteranas.

El 29 de enero de 1697 Newton recibió una carta procedente de Basilea que contenía dos problemas de cálculo. La carta, que había sido enviada a los más famosos matemáticos del continente, tenía como objetivo medir la destreza del genio inglés en el uso del recientemente desarrollado cálculo diferencial. El remitente era Bernoulli, aunque Leibniz, con quien Newton había mantenido una agria disputa acerca de la paternidad del cálculo, era el urdidor de la maniobra que pretendía desacreditar al inglés. La carta llegó a manos de Newton a las 6 de la tarde y a las cuatro de la mañana ya había resuelto ambos problemas. A la mañana siguiente envió las soluciones al presidente de la Royal Society, que las publicó de forma anónima en el número de febrero de 1697 de las Philosophical Transactions. Newton había resuelto en unas horas lo que a muchos matemáticos de la época les hubiese costado toda una vida. Otros sabios renunciaron: Varignon, L´Hôpital o David Gregory fueron incapaces de resolverlos. Pese al anonimato con que se publicaron las soluciones, por la elegancia de las mismas Bernoulli reconoció de inmediato a su autor y al leer el artículo exclamó: «Ex ungue leonis» («De las garras del león»).

De todas las disciplinas científicas las matemáticas son, acaso, las más difíciles de exponer ante cualquier auditorio profano tanto por su lenguaje abstracto como por el inevitable empleo de símbolos, cuya significación precisa exige una preparación por parte del oyente para que el que diserta, aunque le guíen las mejores intenciones, no narcotice a la audiencia. Ahora bien, huir de las cuestiones matemáticas no es lo mismo que huir de los matemáticos, cuya personalidad y avatares tienen a veces mayor interés que su conocimiento como científicos. Eso es lo que hizo el matemático Francisco Vera en 1942 dentro de un ciclo de conferencias que después agrupó en un librito (Veinte matemáticos célebres), comercializado en una pequeña e inencontrable edición de Patricio Barrios, en el que se exponen la vida y obra de los matemáticos más célebres, presentándolos como seres de carne y hueso, agrupándolos por parejas unidas (Monge y Fourier) o enfrentadas (Newton y Leibniz), indagando en el curso paralelo o divergente de sus trabajos para que los diletantes logremos una fácil comprensión de las influencias de unas tendencias sobre otras y de sus puntos de convergencia, a veces tan aparentemente paradójicos. ¿Cuáles son los experimentos más fantásticos realizados por los físicos a lo largo de la historia? La cuestión la planteó en 2002 Robert Crease a los lectores de la revista Physics World. Las respuestas las recogió en su libro El prisma y el péndulo (Crítica, 2009). De temática similar son otros dos libros: Los diez experimentos más hermosos de la ciencia (Ariel, 2010) del periodista George Johnson, y De Arquímedes a Einstein: Los diez experimentos más bellos de la física (Debate, 2005), en la que el catedrático de la universidad de Sevilla Manuel Lozano Leyva se adelantó en divulgar los resultados seleccionados por Physics World. En cualquier caso, los tres libros cumplen sobradamente una triple finalidad: dejarnos en el punto intermedio entre la suma ignorancia y el conocimiento riguroso, dar difusión a importantes avances científicos y mostrar de una forma simpática y mágica la labor de los físicos, tantas veces injustamente considerada aburrida.

Hay de para todos los gustos, desde la elegante sencillez con la que Galileo lanzó una bola de cañón y otra de madera desde la torre de Pisa para demostrar a los aristotélicos que dos objetos de pesos diferentes caen a la misma velocidad, pasando por el fascinante péndulo colgado del Panteón de París con el que Foucault demostró la rotación de la Tierra, hasta los elaborados experimentos de Rutherford, Bohr o Sheldon Glashow, que buscaban nuevas teorías sobre la naturaleza íntima de la materia. En la mayoría de estos experimentos, todos los cuales supusieron un cambio de paradigma en la ciencia y transformaron la manera de pensar del mundo entero, destacan dos cosas: la mayor parte se realizaron en simples mesas de trabajo, y ninguno requirió más capacidad de cómputo que el de una regla de cálculo o el de una modesta calculadora. Además, todos y cada uno de ellos personalizaban lo que los científicos llaman belleza en el sentido clásico: la sencillez lógica de los aparatos, la simplicidad del análisis, la disciplina de la observación y la multiplicidad de pequeñas tareas necesarias para llevar a cabo el experimento parecen ser tan puras como las líneas del Partenón, los silencios en los pentagramas de una pieza de Stravinsky o los trazos a carboncillo de un boceto de Durero.

«Los científicos no estudian la naturaleza porque sea útil, la estudian porque les place; y les place porque es bella. Si la naturaleza no fuese bella, no valdría la pena conocerla, no valdría la pena vivir la vida», escribió Poincaré. Más práctico y siempre hilarantemente certero, en su irresistible ¿Está ud. de broma sr. Feynman? (Alianza, 1987), el Nobel Richard Feynman lo resumió de una manera mucho más intuitiva: «La física es como el sexo: seguro que tiene una utilidad práctica, pero no es por eso por lo que lo practicamos».

Orgasmotron

Julio 18, 2011

La vida y la obra de Wilhelm Reich (1897-1957) es, sin duda, uno de los ejemplos más notables de "escritor maldito". Discípulo de Freud, fue rechazado por su maestro cuando publicó en 1927 su ensayo fundamental, La función del orgasmo (publicado en España por Paidós). Dos libros más, Psicología de masas del fascismo y Análisis del carácter, motivaron su expulsión del Partido Comunista y de la Asociación Internacional de Psicoanálisis. Huyendo de los nazis, en 1939 se trasladó a Estados Unidos donde desarrolló su teoría sobre las ventajas antineuróticas de la liberación de energía durante el orgasmo, para cuya simulación proponía una terapia "bioenergética" basada en tratamientos en el "acumulador de energía orgónica", un aparato de su invención por cuya comercialización fue encarcelado en 1957, acusado de charlatanería y fraude. Woody Allen rindió un humorístico homenaje a este estrafalario aparato, al que bautizó con el nombre de "orgasmotrón" en su película Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo.

En dos artículos anteriores publicados en estas mismas páginas, La costilla de Adán y la pelvis de Eva y El pene de Adán y la colita de King Kong, me ocupé de algunos de los cambios provocados en el linaje humano como consecuencia de la tendencia evolutiva hacia la bipedestación que caracteriza al Homo sapiens entre los primates. En ambos artículos destaqué que la bipedestación había trastocado también la forma de la cópula, que en los humanos es frontal, cara a cara, una circunstancia excepcional en los mamíferos, como lo son también las características de nuestro orgasmo -una fortísima descarga emocional placentera-, cuya importancia evolutiva ha sido discutida, pero que puede ser interpretada como otra adaptación a la bipedestación.

A pesar de su complejidad neuro-endocrino-muscular, el orgasmo masculino puede ser resumido como una compleja cadena de movimientos de contracción que culminan con una repentina sensación de intenso placer, acompañante inseparable de la eyaculación, una violenta eyección de fluido que impulsa a los espermatozoides dentro de la vagina. Aunque en el hombre el orgasmo es un requisito obligado para que se produzca la eyaculación y, por tanto, indispensable para la transferencia de genes, las mujeres no lo necesitan ni para producir cada uno de los 300 óvulos que, mes a mes, y como media, producen durante su vida fértil, ni para tener hijos. Así las cosas, ¿qué función tiene el orgasmo femenino desde el punto de vista evolutivo? Aunque el orgasmo femenino ha sido un tabú social y un enigma de primer orden dentro de la biología, algunas evidencias permiten clarificar el asunto.

En su libro Sexo en solitario (Fondo de Cultura Económica, 2007) el profesor de Berkeley Thomas Laqueur sostiene que «desde la antigüedad hasta el siglo XIX, la asunción general era que las mujeres experimentaban orgasmos al igual que los hombres, pero también que el orgasmo era necesario para la concepción». Si lo primero es absolutamente cierto, lo segundo es incorrecto como había adelantado en 1967 el zoólogo Desmond Morris en El mono desnudo y demostraron los estudios de Masters y Johnson, basados en la observación de diez mil actos sexuales humanos (La sexualidad humana), confirmando lo que ya se sabía desde que algunos anatomistas como Galeno descubrieron hace más de dos mil años: lo que provoca el orgasmo femenino es la estimulación del clítoris, un órgano que no es contactado por el pene durante la copulación y que, por lo tanto, no interviene en el proceso de la inseminación.

En un ensayo que en España puede encontrarse con el título Pezones masculinos y ondas clitorídeas en el libro Brontosaurus y la nalga del ministro (Crítica, 1993), cuyo tono un tanto sexista no complació precisamente al movimiento feminista norteamericano, el reputado paleontólogo y excepcional divulgador científico Stephen Jay Gould sostenía que como lo importante es que los espermatozoides lleguen hasta los óvulos y para conseguirlo basta con el orgasmo masculino, el femenino debía ser contemplado como superfluo, una especie de accidente evolutivo, un resultado secundario de la necesidad del orgasmo masculino. Según Gould, hay orgasmo femenino simplemente porque el clítoris es el equivalente anatómico del pene (de hecho, ambos tienen el mismo origen e idéntica diferenciación durante los primeros estadios del desarrollo embrionario) y, por ello, estimulación, erección y orgasmo se dan tanto en un órgano como en el otro, y el resultado es orgasmo para todos. Para Gould, el orgasmo vía clítoris es un artefacto del desarrollo y no tiene significación adaptativa alguna.

La polémica provocada por Gould resucitó en 2005 cuando Elisabeth Lloyd, profesora en la Universidad de Indiana, publicó un libro (El caso del orgasmo femenino: Prejuicios en la ciencia de la evolución; no publicado en español, al menos que yo sepa) en el que concluye que el orgasmo femenino no tiene ningún sentido evolutivo (salvo el de divertirse, añado) y que es un subproducto de la evolución. La idea del subproducto evolutivo es de Darwin, quien lo sconsideraba como rasgos que son arrastrados por otros. Los pezones de los hombres son el ejemplo más claro. Los hombres los poseen porque comparten con las mujeres la misma arquitectura del cuerpo fijada por un diseño embrionario común hasta que la aparición de la testosterona y de los estrógenos dirige al feto indiferenciado hacia uno u otro sexo. Mientras que en las mujeres los pezones son el resultado de una adaptación evolutiva porque sin ellos resultaría imposible la lactancia, en los hombres se trataría de un subproducto sin valor adaptativo alguno.

Pero tal conclusión no se sigue necesariamente. Para empezar, en ambos sexos se ha desarrollado el placer por el sexo. Este placer es la causa próxima de las relaciones sexuales, cuyo fin último es el éxito reproductivo. Si además consideramos las pautas que caracterizan al orgasmo femenino la conclusión resulta aún menos convincente. En ambos sexos, durante el orgasmo se producen considerables aumentos de las pulsaciones (desde 70 a 80 por minuto se alcanzan 150), de la presión sanguínea (de 120 hasta 250 en el clímax) y de la respiración, que se hace más profunda y más rápida y, al acercarse el momento del orgasmo, jadeante. Al final, el rostro se contrae, con la boca muy abierta y los orificios nasales dilatados, a la manera de los atletas en su máximo esfuerzo, faltos ya de aire.

Lo que distingue a la fase de orgasmo femenina son una serie de contracciones rítmicas en la zona perineal, de la vagina y del útero. Tales contracciones tienen una función aspirativa del esperma tal y como la describieron Baker y Bellis en la revista Animal Behaviour (1993; http://www.sciencedirect.com/science), que aumenta su retención en el conducto vaginal, como sostiene Paul R. Ehrich en Human natures: Genes, Cultures, and the order viagra next day shipping Human Prospect (Island Press; no publicado en español

). Por eso, las hipótesis adaptacionistas que mayor apoyo tienen actualmente entre los científicos se refieren al papel del orgasmo como un mecanismo de retención del esperma en el interior del tracto sexual femenino.

Por último, si consideramos que como consecuencia de las alteraciones funcionales estresantes provocadas en ambos sexos el orgasmo es seguido normalmente por un considerable período de agotamiento, de relajamiento, de descanso y, con frecuencia, de sueño, se puede deducir que otra de las funciones adaptativas del orgasmo es inducir al reposo horizontal tras la cópula, lo que favorece la retención del esperma y aumenta así las posibilidades de la mujer de ser fecundada.

Esa indolencia post coital, seguida o no del reparador cigarrillo, es otra diferencia del orgasmo humano con respecto a otros primates, lo que resulta fundamental en la hembra del único mamífero cuya vagina, como consecuencia de la adquisición de la marcha erguida, se abre en posición vertical.

Huesos itinerantes

Julio 09, 2011

El descubrimiento fortuito de una caja de plomo que contenía los venerables huesos del Divino Vallés durante las obras de rehabilitación de la alcalaína capilla universitaria de San Ildefonso, además de poner en evidencia que las eminencias médicas también mueren, ha rescatado de mi memoria episodios similares que afectaron a otros dos personajes renacentistas: Galileo y Descartes. Como en el caso de Francisco Vallés, los mondos esqueletos aparecieron incompletos como consecuencia de los trajines de sus viajes postmortem y a la afición por las reliquias que manifiestan algunos por buena fe y otros por afán de lucro.

Francisco Vallés, médico de Felipe II y egregia figura de la medicina del Renacimiento español, fue discípulo del gran Vesalio, aquel médico genial que cayó en las garras de la Inquisición por deshacer en

su Fábrica del cuerpo (1543) el mito de que los hombres, desde los tiempos de Adán, tenían una costilla menos que las mujeres, disparate urdido para sostener la machista creación de la mujer en el Génesis, de la que me ocupé en estas mismas páginas hace poco tiempo (12/07/2010). Vallés aprendió de tapadillo los secretos del cuerpo humano trabajando con cadáveres diseccionados, una práctica vetada por la Inquisición que no le impidió sentar cátedra en Alcalá de Henares, donde profesó durante 17 años, hasta 1572, año en que fue nombrado por Felipe II

Médico de Cámara y Protomédico General de los Reinos y Señoríos de Castilla, máximo cargo al que un médico de su tiempo podía aspirar.

En Alcalá, Vallés se adelantó casi dos siglos a lo que luego sería práctica normal en las facultades de Medicina: enseñar Anatomía dictando las lecciones sobre cadáveres que diseccionaba in situ su ayudante, el bisector valenciano Pedro Gimeno evitando, eso sí, la trepanación, pues eso hubiera sido considerado un irreparable pecado mortal. El ambiente que rodeó el magisterio de Vallés ha sido recreado por Alberto García Lledó, profesor de Cardiología en el hospital universitario de Guadalajara, en su novela La lección de anatomía (Universidad de Alcalá; 2009), una especie de thriller sólidamente documentado gracias a la experiencia de García Lledó como autor de obras históricas como La Facultad de Medicina de Alcalá en el Siglo de Oro y El Hospital Militar de Alcalá de Henares.

En 1592 falleció Vallés en Burgos de tabardillo, un tifus exantemático. Fue solemnemente enterrado en la iglesia complutense por orden de su principal paciente y mentor, el rey Felipe II, que le estaba agradecido por haberlo rescatado de una muerte segura cuando el monarca agonizaba tras devorar carne de perdiz casi putrefacta, como era costumbre en la época entre quienes se preciaban de ser buenos catadores de la caza. Frente a los venerados Cánones de Avicena, que impedían aplicar un purgante a los enfermos en algunas fases lunares, y después de haber sido desahuciado el rey por los médicos palaciegos, Vallés fue llamado a consulta. Tras observar el agudo cuadro tóxico, Valdés se encerró en la cámara real con el enfermo y con el duque de Alba, no sin antes prometer irónicamente que para que la luna no se enterase cerraría las contraventanas de la alcoba real. Hecho esto, administró al rey una purga radical que lo salvó de una muerte segura.

Tras las solemnes exequias y las misas de rigor, costeadas por Felipe II, que acompañaron al cuerpo desde Burgos hasta Alcalá, Vallés permaneció sepultado tan ricamente hasta su exhumación en 1862, cuando sus restos fueron depositados en la urna de plomo ahora encontrada. El cráneo, el fémur, la pelvis y un puñado de huesos reposan de momento en los laboratorios del Museo Arqueológico Regional de la villa complutense. Pese a su divino apodo, los huesos combaten hoy en retirada contra la usura del tiempo.

Reconocido como uno de los padres de la ciencia moderna, Galileo Galilei (1564-1642) será recordado siempre por haber sido protagonista de uno de los primeros desencuentros entre ciencia y religión. Acusado de herejía por atreverse a afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol, Galileo, tras ser enjuiciado por la Santa Inquisición en 1633, pasó los últimos años de su vida bajo arresto domiciliario, tiempo que aprovechó para registrar por escrito su trabajo de décadas atrás, sentando las bases, entre otras cosas, de la física moderna.

Mucho menos conocido que sus logros y aportaciones al desarrollo científico y tecnológico de la humanidad, o que su famosa frase «y sin embargo se mueve», es el hecho de que una parte de su cuerpo se exhibe en el Museo di Storia della Scienza de Florencia. Se trata del dedo medio de su mano derecha, exhibido dentro de un ovoide cristalino al que acompañan unos versos de Tomasso Perelli compuestos específicamente para la exhibición pública: «Este es el dedo perteneciente a la ilustre mano que recorrió los cielos, señalando a la inmensidad del espacio y apuntando a nuevas estrellas, ofreciendo a los sentidos un maravilloso artefacto de cristales trabajados con un sabio atrevimiento para poder llegar más lejos de lo que Encelado o Tifón pudieron jamás llegar».

El dedo, junto con un diente, la quinta vértebra lumbar y otro par de dedos, fue separado de los restos de Galileo en 1737 por un admirador, Francesco Gori, cuando estos fueron trasladados desde la modesta cripta familiar al monumental mausoleo construido por Viviani en la Iglesia de la Santa Cruz. El dedo fue posteriormente adquirido por Bandini, responsable de la Biblioteca Laurentina, donde se exhibió mucho tiempo. En 1841 fue trasladado a la Tribuna di Galileo, recién inaugurada en el Museo di Fisica e Storia Naturale, antes de que pasara a ser propiedad del Museo di Storia della Scienza, donde aún puede verse. Guardado en su relicario, tal si fuera el dedo de un santo, el largo y fino dedo que un día señalara a las estrellas, está colocado apuntando a lo alto, como si quisiera mostrárnoslas de nuevo.

Cuando lo observé por primera vez y me percaté de que el dedo era el corazón, el que se usa para hacer la archiconocida "peineta" (Luis Aragonés dixit), no pude dejar de pensar que la reliquia podría muy bien tomarse como un último y póstumo gesto de desafío a quienes terminaron por aceptar su error y reconocer su genio científico. Eso sí, tuvieron que pasar

359 años, 4 meses y 9 días después de la sentencia de la Inquisición para que Juan Pablo II pidiera perdón por la injusta condena que no pudo remediar la amargura y la soledad de los últimos años de su vida, transcurridos en cárceles y encierros domiciliarios. El 31 de octubre de 1992, Karol Wojtyla proclamó la absolución del científico pisano.

René Descartes, el pensador más influyente y controvertido de su tiempo, el francés que es considerado el padre de la filosofía y de la cultura modernas, fue enterrado lejos de su hogar, en Estocolmo, un crudo día de invierno de 1650. Dieciséis años más tarde, el embajador francés exhumó secretamente sus huesos y los transportó a Francia. ¿Por qué el embajador, un católico muy devoto, se preocupó tanto por los restos de un filósofo acusado de ateísmo? ¿Por qué los huesos de Descartes siguieron un tortuoso viaje durante los siguientes 350 años? La clave de este misterio se esconde en la famosa frase de Descartes: cogito ergo sum («pienso, luego existo»), con la que Descartes iluminó el eterno debate entre fe y razón, destruyendo dos mil años de creencias adquiridas para levantar el acta de nacimiento de la modernidad.

La historia de las reliquias descartianas, que involucra a quienes usaron los huesos para sus estudios científicos, los robaron, los vendieron y los reverenciaron, pelearon por ellos y fueron pasándolos subrepticiamente de mano en mano, obsesionaron durante varios años a Russell Short, colaborador habitual de la revista de The New York Times, que ha construido con ella un interesantísimo libro, Los huesos de Descartes (Duomo, 2009), relato histórico y detectivesco sobre la creación del pensamiento moderno que nos traslada hasta el presente, al Museo de las Ciencias de París, donde ahora, en un archivador, descansan (¿para siempre?) los restos del gran filósofo.

* Catedrático de la Universidad de Alcalá y exalcalde de Alcalá de Henares.

En La costilla de Adán y la pelvis de Eva, un artículo publicado en estas mismas páginas el pasado siete de mayo, me ocupé de los problemas provocados en el parto como consecuencia de la bipedestación que caracteriza a los humanos. Pero si la evolución de tal hábito ha traído consecuencias dolorosas para la madre y hecho del bebé un consumado contorsionista durante el traumático parto que distingue a la tragicomedia del alumbramiento humano, también las ha traído en el caso del padre, aunque tales consecuencias parecen algo más venturosas.

En las hembras de los mamíferos la vagina se abre en la parte posterior del cuerpo y se dirige hacia el interior en un plano horizontal ligeramente inclinado hacia abajo, lo que facilita la progresión de los espermatozoides hacia el fondo, en dirección al cuello del útero, el cual se dispone también como un pasillo prácticamente horizontal en cuyo fondo se encuentra el óvulo. Cuando la hembra de un simio está receptiva y el macho se le aproxima por la espalda, aquella levanta sus cuartos traseros y el macho la monta sin más carantoñas para comenzar una brevísima cópula. La hembra, una vez inseminada, puede deambular sin perder el semen depositado en la vagina ya que al andar a cuatro patas no hay riesgo alguno de que aquel resbale gravitacionalmente.

Este mecanismo tan universal de inyección de los espermatozoides en el interior de las hembras, que era también el común en nuestros antecesores simiescos y cuadrúpedos hace unos siete millones de años, se trastocó por un cambio evolutivo tan importante como la bipedestación propia del linaje humano. Para conseguirla de forma estable y permanente, algo que se logró tras millones de años de evolución, los huesos de la pelvis tuvieron que sufrir transformaciones en su arquitectura que se tradujeron en modificaciones en los músculos y en la disposición de las vísceras que ocupan la oquedad pélvica. En el hueco de la pelvis del macho sólo están alojados la vejiga de la orina, la próstata y los intestinos; en la pelvis de la hembra, además de estas vísceras (excepto, obviamente de la próstata), se ubica el aparato genital, que aumenta de tamaño durante el embarazo.

Por tanto, mientras que la evolución hacia la marcha erguida no supuso grandes problemas para la anatomía interna del macho, sí fue un proceso que exigió profundas transformaciones en el aparato genital femenino. Una de ellas fue el desplazamiento de la vagina que, al modificarse la arquitectura de la pelvis, rotó hasta colocarse en la posición actual típica de las mujeres: la vagina se abre hacia delante y se dirige hacia arriba. Las importantes repercusiones que tuvo en nuestra evolución este hecho aparentemente banal han sido numerosas y han afectado tanto a nuestras pautas de comportamiento antes y después de la cópula, como a la estructura del aparato genital masculino. Desde los pudorosos tiempos de Darwin, el primer trasgresor del tabú de la sexualidad para considerarlo uno más de los procesos sujetos a la evolución, existe una copiosa bibliografía al respecto, pero, para lo que aquí nos trae, veamos las implicaciones que una vagina vertical y el deambular erguido tuvieron para la evolución del pene.

Si las carreras de los sanfermines se le antojan las peligrosas, olvídelo. Para recorrido tortuoso, para carrera acongojada, frenética y desesperada, la que recorren los espermatozoides humanos para alcanzar su objetivo: fecundar al óvulo. Cada vez que un varón normal eyacula produce entre cien y cuatrocientos millones de espermatozoides. Sólo unos pocos espermatozoides privilegiados, luchando contra la fuerza de la gravedad y tras superar varias barreras químicas, físicas y biológicas, serán capaces de acercarse a las proximidades del óvulo y sólo uno logrará fecundarlo.

Uno frente a cuatrocientos millones: la razón para esta desproporción estriba en las dificultades del tortuoso camino que provoca una enorme mortandad en las huestes masculinas. A diferencia de la posición aproximadamente horizontal que presenta la vagina en la mayoría de los mamíferos cuadrúpedos, lo que facilita la penetración interna del eyaculado espermático hacia el cuello uterino, que está también en posición horizontal y alineado con el conducto vaginal, en las mujeres la vagina es vertical y el cuello uterino conserva su disposición original en el plano horizontal, por lo que forman un ángulo casi recto, una abrupta esquina que deberán doblar los afortunados espermatozoides que, además de haber vencido la fuerza de la gravedad, hayan logrado sobrepasar el casi letal conducto vaginal. Y es que el 90% de los espermatozoides no supera ese conducto, cuyos fluidos tienen un ph ácido, acidez que es un espermicida muy eficaz como se sabe desde muy antiguo, ya que el lavado postcoital con ciertos ácidos débiles como el acético es el fundamento de un viejo y peligroso método anticonceptivo que ya se empleaba en la Grecia clásica.

A continuación, el diezmado pero veloz tropel deberá entrar en el cuello uterino, unas auténticas horcas caudinas cuyo dintel está taponado por unas mucosidades pegajosas que atrapan a la inmensa mayoría de ellos. El resto, los más potentes y resistentes, están ahora en el cuello uterino donde deben enfrentarse a las defensas inmunológicas que los reconocen como gérmenes extraños y que, ignorando el benéfico fin que impulsa a sus ágiles visitantes, intentan aniquilarlos como si de patógenos infecciosos se tratara. Atacados por las legiones de leucocitos, la inmensa mayoría sucumbe allí, mientras que apenas un centenar, los más veloces y mejor orientados, logra escabullirse para enfilar la recta final, las trompas de Falopio, en cuyo tercio interior, cómodamente instalado, aguarda el óvulo.

A tal exigencia tal respuesta. Puesto que el recorrido del eyaculado es tortuoso; puesto que la vagina es vertical; puesto que el bipedismo favorece la caída gravitacional del eyaculado tras el coito; puesto que el conducto vaginal está lleno de peligros y forma un ángulo recto con el útero, lo mejor es que el semen acorte el camino por el procedimiento de ser introducido lo más profundamente posible. Hete aquí que, además de por las causas que a todos nos vienen a la mente, las hembras han sido (y son, claro) la causa del alargamiento en tamaño del pene del hombre. Y es que aunque en la mayoría de los casos no sea como para tirar cohetes, el tamaño del pene del hombre es extraordinario cuando se compara con el de otros primates. Entre ellos, alégrese hombre, no tenemos rivales.

Tomemos como ejemplo a nuestros parientes de mayor talla: los gorilas. Por término medio un gorila adulto dominante pesa alrededor de doscientos kilos, mientras que su diminuto pene en erección no sobrepasa los cinco centímetros. O sea, un centímetro por cada cuarenta kilos de masa corporal. Vea usted como no hay que desanimarse: pésese, mida y compare su peso y su talla. En los tiempos que corren toda alegría es poca.

Aunque otro día me ocuparé de otra beneficiosa e incomparable consecuencia de la marcha erguida, el orgasmo, quienes con cierta lógica estén pensando en otra hipótesis: la de que un pene más grande es capaz de proporcionar más placer a la mujer al permitir mayores posturas copulatorias, que la vayan olvidando. Los orangutanes, dotados de un miembro mucho más pequeño, son capaces de dejar en ridículo al hombre en cuanto a posturas sexuales y su cópula dura hasta quince minutos, lo que es una dulce utopía para los humanos.

* Catedrático de la Universidad de Alcalá


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