Los puches del día de los Santos

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En la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, los mozos de Trillo rebuscaban en los cobertizos  las  calabazas más redondas y grandes para vaciarlas de pipas y carne. Unos ojos y boca fantasmagóricos daban salida a la luz tenebrosa de unas velas, encendidas hasta su extinción, cuyo fuego quedaba protegido del aire en el interior de la hortaliza. Colocadas a la vera del Cifuentes, encajonadas en torno a las cascadas y en esa noche especial, le daban a la noche de Trillo un toque misterioso, sobrenatural. No todo el mundo se atrevía a pasar por delante, y aun menos los niños, que forjaban así su leyenda interior.

Además de esta costumbre, había otras relacionadas con los fogones, que es lo que nos ocupa en este caso. En la tarde del día de los Santos,  grupos de amigas como el de Angelines Alvaro, salían en busca de un paraje conocido, a resguardo del cada vez más incipiente invierno.  “Íbamos a San Martín o por la Fuente de los Estudiantes… en fin,  donde veíamos una piedra que hacía solapa para proteger del aire y de la lluvia al fuego”, relata la cocinera.  Allí hacían los puches o gachas dulces. La misión de los mozos era encontrar el lugar en el que los hacían para acabar comiéndolos juntos, y de gorra. También ellos se juntaban en pandilla, en función, claro está, del interés en las mozas cocineras. Los chicos buscaban hasta que daban con el lugar, por el fuego o por el olor de la cocina, y se hacían invitar. “Si no les convidábamos, nos hacían alguna perrería como aguarlos o echarles arena”, ríe al recordarlo Angelines. Cuando caía la tarde, la noche volvía a la solemnidad del recuerdo a los difuntos. A las diez de la noche sonaban los clamores desde el campanario, con esa resonancia aguda y profunda cuya vibración perduraba unos instantes antes de desaparecen engullida por el siguiente golpe del badajo sobre el metal.

En la mayoría de las casas de Trillo la cena del día de los Santos eran estos mismos puches.  En la de Angelines Alvaro  los hacía siempre su padre, Hipólito Alvaro Sancho. “No cocinaba nunca, pero el día de los Santos era él quien  preparaba los puches con una receta muy simple, y  le salían muy buenos”, recuerda la cocinera. Una vez  calientes las tres hermanas y sus padres se los comían con cuchara de la misma sartén. “Nada de platos”, recuerda Angelines.

La receta de los puches
Lo primero era verter el  aceite de oliva natural, del que se hacía en trillo, en una sartén sobre las trébedes, en la lumbre. “Después, mi padre freía un poco de pan hecho trocitos. Eran los picatostes, que les llamábamos. Poco a poco  añadía la harina, que era de trigo, y  dejaba que la masa se fuera haciendo y tostando a base de darle vueltas mezclada ya con un buen puñado de azúcar”, explica la cocinera. Cuando el conjunto iba ligando, y en un punto determinado por el cocinero que resultaba clave para el sabor final, Hipólito les añadía leche. “Otros las hacían con agua y nueces picadas o piñones en lugar de picatostes.  En cada casa los tenían su toque particular”, aclara Angelines.  

Los puches se comían el día de los Santos como postre de la cena o como cena, recién terminados y sacada la sartén de la lumbre.  En la casa de Alejandro Henche, marido de Angelines, los hacía su madre.  A ellos les gustaba más dejarlos enfriar  hasta que se convertían en una especie de bollo de leche frita.

Ahora que vive la mayor parte del año en Trillo, la familia Henche Alvaro  ha vuelto a cocinar los puches, naturalmente, en el día de los Santos. “Es una tradición muy nuestra. Sería bonito mantenerla  muchos años más”, dice Alejandro.  Contar la forma en que se hacían es una buena manera de empezar.

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